David Whitmer nació el 7 de Enero de 1805 en
Harrisburg, PA. Cuando tenía cuatro años de edad, su familia se mudó al área de
los lagos de Nueva York, al pueblo de Fayette, a 22 millas de Palmyra. Siendo
amigo de Oliverio Cowdery, David lo escuchó refiriéndose a José Smith durante
un viaje de negocios a Palmyra en 1828. Más tarde, después de que Oliverio se
mudó a Harmony, PA para trabajar como escribiente de José, Oliverio le escribió
a David testificando del Libro de Mormón y su traducción. Como resultado de
esta comunicación, se decidió que
Oliverio y David debían ir al hogar de Peter Whitmer, el papá de David, a fin
de continuar con la traducción. Tanto la persecusión en Harmony, como las
dificultades con los cuñados de José, precipitaron el cambio. Por consiguiente,
David Whitmer hizo planes para viajar a Harmony a fin de acompañar a José y a
Oliverio. Eran finales de mayo de 1829, marcando el principio de una serie de
milagros que David tuvo el privilegio de presenciar. El manual de Historia de
la Iglesia en la Plenitud de los Tiempos lo describe como sigue:
“Para los granjeros del
lugar, era esencial sembrar los campos a fines de mayo si querían levantar
buenas cosechas en el otoño [septiembre a diciembre en el hemisferio norte];
por lo tanto, David Whitmer tenía que arar y preparar la tierra antes de poder
ir a buscar a sus amigos en el carro tirado por dos caballos. Un día, al
terminar su labor, se dio cuenta de que en una jornada había hecho el trabajo
que normalmente le habría llevado dos días; su padre también quedó impresionado
por lo que le parecía un milagro y comentó: ‘Tiene que haber un poder superior
en todo esto y creo que es conveniente que te vayas a Pensilvania en seguida
que termines de esparcir el yeso’. (El yeso en polvo se utilizaba en los campos
con el fin de contrarrestar la acidez del suelo.) Al día siguiente, cuando el
joven fue al campo para esparcir el yeso, tuvo la gran sorpresa de encontrarse
con que el trabajo ya se había hecho; su hermana, que vivía cerca, le dijo
después que sus hijos la habían llamado el día anterior para que observara a
tres forasteros que estaban esparciendo el polvo con gran destreza; ella supuso
an hombres contratados por David para hacer el trabajo.
“Agradecido por esta
intervención divina, David Whitmer se apresuró en su viaje hacia Harmony. José
Smith y Oliverio Cowdery lo encontraron cuando se aproximaba al pueblo. Aunque
David no les dijo exactamente cuando llegaría, José había visto en una visión
los detalles del viaje de David a Harmony.”
El Millenial Star, vol. 40, págs. 769 a 774 registra
el testimonio de David acerca de ese viaje:
“Oliverio me dijo que José
le informó de cuando había yo salido de casa, donde había pernoctado la primera
noche, cómo leí el letrero en la taberna, donde pernocté la siguiente noche,
etc., y que yo llegaría para la cena, y por eso es que llegaron a encontrarme.
Todo esto sucedió exactamente como José le dijo a Oliverio, por lo cual yo
estaba sumamente asombrado."
Regresando al registro del manual Historia de la
Iglesia en la Plenitud de los Tiempos:
“Esos tres milagros
presenciados por David Whitmer fueron una manifestación de la condición de
Profeta y Vidente de José Smith y de la intervención del Señor para que se
pudiera iniciar con éxito la obra de la Restauración.
“Ese fue el primer
encuentro de José Smith con David Whitmer, y, tal como había sucedido con
Cowdery, en seguida surgió una amistad entre ambos hombres. Al poco tiempo se
pusieron en camino a Fayette, que quedaba a unos 160 km de allí. En esa
oportunidad, Moroni se llevó las planchas para evitar el peligro de
transportarlas de un lugar al otro. Durante el viaje, ocurrió un hecho
extraordinario mientras iban en el carromato; David Whitmer lo describe de esta
manera:
“’De pronto, apareció junto
al carromato un anciano de aspecto sereno y amable que nos saludó con estas
palabras: ‘Buenos días. Hace mucho calor’, al mismo tiempo que se pasaba la
mano por la cara. Le devolvimos el saludo y atendiendo a una seña de José, lo invitamos
a subir si es que iba hacia el mismo lugar que nosotros. Pero nos respondió con
mucha amabilidad: ‘No. Yo voy hacia Cumorah’. Este era para mí un nombre
desconocido, y no sabía a que se refería. Nos miramos unos a otros y, mientras
yo le dirigía a José una mirada interrogativa, el anciano desapareció en un
instante . . .
“’. . . Era el mensajero
que llevaba las planchas, que las había tomado de manos de José en Harmony,
antes de que empezáramos el viaje’”.